Apocalipsis 3:20
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
Uno de los versículos más usados fuera de su contexto es, sin duda, Apocalipsis 3:20. Por años hemos escuchado cómo muchos evangelistas han usado este verso para invitar a las personas a “abrirle la puerta de su corazón” a Jesús. Se han creado frases como: “Jesús está a la puerta de tu corazón tocando para que lo dejes entrar” o “Dios es un caballero; Él espera a que tú le abras la puerta de tu corazón”. Sin embargo, la realidad es que este verso no tiene absolutamente nada de evangelístico. En su contexto estricto, el versículo es un fuerte llamado al arrepentimiento, no de inconversos, sino de la propia iglesia.
El versículo se encuentra dentro de una carta de exhortación dirigida a la iglesia de Laodicea, una iglesia con características muy peculiares: no eran fríos ni calientes, sino tibios; tenían una actitud hipócrita y de doble moral. Era una iglesia rica económicamente, que había alcanzado un elevado estatus social, político y financiero, pero que moral y espiritualmente estaba en bancarrota.
Se podría decir que la iglesia de Laodicea era una iglesia muy exitosa. Tenía excelentes programas de evangelismo, grandes métodos de alcance y un fuerte sistema financiero y administrativo. Pero en el camino hacia el éxito se olvidaron de lo más importante; dejaron de lado lo vital, lo verdaderamente esencial, y lo reemplazaron por lo visible y espectacular.
Debemos destacar que, en Apocalipsis 3:20, Jesús no se está dirigiendo a inconversos, incrédulos o personas que nunca habían escuchado el evangelio. En este pasaje, Cristo está afuera de la iglesia, tocando a la puerta y esperando que la iglesia lo deje entrar. En algún punto, la iglesia olvidó que el centro de la iglesia era Cristo, que todo gira en torno a Cristo y a Su gloria. La metodología y el amor a lo material se volvieron el enfoque principal de la iglesia, dando como resultado una iglesia antropocéntrica, egocéntrica y hedonista, desplazando el cristocentrismo hasta el grado de expulsar a Cristo de Su propia iglesia.
Lamentablemente, esa misma situación se vive hoy de una manera cada vez más evidente dentro de la iglesia. El cristianismo moderno ha pervertido el evangelio; lo ha diluido hasta convertirlo en un mensaje centrado en el hombre, desplazando a Dios de Su trono. Hoy la iglesia está más enfocada en agradar al hombre que en glorificar a Dios.
Muchos cultos se han vuelto completamente antropocéntricos, con un enfoque seductor y manipulador que busca generar una atmósfera donde el individuo se sienta motivado y empoderado. Todo se produce en función del bienestar del espectador.
El evangelio de la prosperidad ha quitado a Dios de Su trono y ha sentado al hombre en él. Hoy el hombre es quien decreta y Dios quien obedece. En muchos púlpitos se ha quitado la Biblia para sustituirla por mensajes positivistas, psicológicos, motivacionales y de prosperidad. La solemnidad de la adoración ha sido reemplazada por un espectáculo de ruido, luces y humo, todo para agradar a pecadores que solo buscan satisfacer sus egos y sus deseos hedonistas.
El llamado para la iglesia de hoy sigue siendo el mismo que fue, en su momento, para la iglesia de Laodicea: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19).

