Confundiendo evidencia con misión

¿Estamos haciendo discípulos o persiguiendo números? Una escena de Bastardos sin gloria ofrece una inesperada lección sobre la Gran Comisión.

“Cuando se unen a mí adquieren una deuda, una deuda que me deben y pagarán”. Aldo Raine, “El Apache”, en Inglourious Basterds

Hace unos días me encontraba viendo Inglourious Basterds (Bastardos sin gloria), de Quentin Tarantino. Al iniciar el capítulo II, una escena llamó particularmente mi atención: el teniente Aldo Raine, “Aldo el Apache”, les menciona a los reclutas que tienen una deuda con él. Esta consistía en obtener cien cabelleras nazis de cien soldados enemigos muertos por cada uno de los ocho soldados estadounidenses, bajo la estricta consigna de “o morirán intentándolo”.

Me resultó inevitable relacionar las líneas de este guion con la Gran Comisión y la realidad del evangelismo actual. Por coincidencia, el domingo siguiente mi pastor predicó precisamente sobre la ineficacia del evangelismo contemporáneo. Mientras lo escuchaba, recordaba cómo Aldo el Apache comisionó una tarea, del mismo modo en que el Señor Jesús comisionó la suya:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…” (Mateo 28:19-20 RVR60).

Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿qué tanto de estas ordenanzas se llevan a cabo realmente hoy en día?

Las cabelleras no eran el objetivo

La encomienda de Aldo a los “bastardos” no nacía del fetiche de obtener cabelleras como un simple trofeo de guerra; el verdadero objetivo era sembrar la derrota y el temor en el enemigo, dando a conocer su presencia en una Francia invadida por el ejército alemán. Las cabelleras eran solo la evidencia del cumplimiento de una misión más grande.

Asimismo, nuestra encomienda en la Gran Comisión no es predicar por predicar, como si estuviéramos ganando puntos en un videojuego llamado “vida”. El llamado es a realizar una obra completa: anunciar la victoria de Cristo sobre las obras del enemigo, llamar al pecador al arrepentimiento y dar a conocer la obra de nuestro Señor Jesús en un mundo invadido por la oscuridad, cumpliendo con el propósito de nuestra identidad de ser luz y sal en la tierra.

Cuando confundimos decisiones con conversiones genuinas

Lamentablemente, la realidad eclesial hoy es muy diferente. Buscamos números para cumplir una estadística o una agenda evangelística mensual o anual, dejando de lado la verdadera meta: discipular y dar seguimiento. La mayoría de los eventos masivos tratan la Gran Comisión como un hecho único, exprés e incluso mágico, pretendiendo transformar al nuevo creyente en un solo acto mediante una oración de fe de tres minutos. Cuando la realidad es que la regeneración es una obra exclusiva de Dios. Sin embargo, Dios ha determinado que el crecimiento del creyente ocurra de forma ordinaria mediante la enseñanza de su palabra, la comunión de la iglesia y los medios de gracia que Él mismo estableció, es un proceso.

Si bien esto no es imposible para el poder de Dios, abordar la fe de esta manera contradice la dinámica de la santificación progresiva descrita en 2 Corintios 3:18: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.

Al obsesionarnos tanto con la métrica numérica sin importar los medios que usemos para alcanzarla, caemos en un peligroso antropocentrismo. La conversión deja de centrarse en Cristo y pasa a centrarse en el hombre (en el predicador, en la estrategia o en el evento). Hemos llegado al extremo de adoptar prácticas sincretistas, como la declaración positiva del New Age, una errónea teología de la prosperidad y espectáculos eclesiásticos cargados de luces y entretenimiento para hacer “atractivo” el Evangelio. El gran problema es que en esos altares se termina hablando de todo, menos del precio de seguir a Cristo y de la confrontación del pecado en la vida del hombre.

Ante esto, el cuestionamiento es obligado: ¿Dónde quedan los miles de convertidos en esos mega eventos? ¿Están yendo a una iglesia local? ¿Alguien les está dando seguimiento? Si esto no sucede, la obra queda incompleta, pues nos quedamos atrapados en el “id” y olvidamos el “haced discípulos”.

La Gran Comisión completa

El pasaje de Mateo 28:19-20 nos habla de un proceso, no de un evento aislado:

  • Id: Implica la acción de salir y proclamar el mensaje.
  • Haced discípulos: Conlleva un seguimiento a largo plazo, preparación y la relación cercana de un maestro con su alumno.
  • Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: Representa la identificación pública del creyente con Cristo y su incorporación visible a la comunidad de fe.
  • Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: Nos lleva al fruto evidente del Espíritu Santo en nuestra vida a través de las buenas obras para la gloria de Dios.

Dentro del contexto de la película, vale la pena resaltar la frase con la que Aldo el Apache culmina su encomienda: “Cuando se unen a mí adquieren una deuda, una deuda que me deben y pagarán”. Como cristianos, nos encontramos en una posición similar, pero con matices espirituales profundos. Aquí encontramos la diferencia fundamental entre la misión de Aldo y la misión de Cristo: nuestra enorme deuda a causa del pecado ya fue pagada por completo mediante la obra sustitutiva del Señor Jesús en la cruz. Por lo tanto, la “deuda” que adquirimos no es una obligación legalista para ser justificados, sino una respuesta que brota del amor, la gratitud y la obediencia a consecuencia de la redención.

Para Aldo, la deuda era el fin de la misión que debía cumplirse sí o sí. Para la Iglesia, nuestro fin es completar la Gran Comisión porque valoramos y entendemos el precio del Evangelio. Nos mueve el Espíritu Santo, ya que “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Evangelizamos en amor y obediencia para la gloria de Dios, no para pagar un favor, sino porque fuimos transformados por Su gracia.

El peligro de una fe sin discipulado

Limitar la Gran Comisión a la pura predicación masiva genera graves consecuencias pastorales. Dejar a los nuevos creyentes sin un buen seguimiento los expone exactamente a lo que advirtió el apóstol Pablo en 2 Timoteo 4:3-4: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”.

El mayor riesgo de no discipular es el auge de las malas doctrinas de moda, las cuales producen una fe inexistente basada en fantasías, emociones pasajeras y anhelos personales. Con el tiempo, esto solo genera cristianos frustrados cuando ven que Dios no actúa como un genio de la lámpara conforme a las falsas promesas que les hicieron para que “vinieran a los pies de Cristo”. Así es como terminamos con iglesias llenas de asistentes o “cristianos sociales”, pero con muy pocos discípulos reales que entiendan y descansen en la obra del Evangelio.

Con esta reflexión no pretendo sugerir que el problema sea que evangelizamos demasiado. El problema es que evangelizamos a medias. No se trata de coleccionar números ni de exhibir evidencias superficiales de éxito, sino de cumplir fielmente la misión integral de nuestro Señor Jesús.

No son las cabelleras, ni son las estadísticas. No son los números, son los discípulos. Porque las cabelleras nunca fueron la misión, eran solamente la evidencia. Y quizás la iglesia moderna necesita recordarlo como Aldo el apache le dijo al final de la película:

“¿Sabes qué? Creo que este podría ser mi obra maestra”…

Y sin lugar a dudas, la obra maestra de Dios sigue siendo su Evangelio.

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