No todo lo que llamamos sana doctrina lo es

no todo es sana doctrina
Si bien buscar una iglesia de sana doctrina no nace de una mala intención, es importante preguntarnos: ¿qué es para mí la sana doctrina? Esa pregunta puede tener diversos significados dependiendo de cada persona.

Hemos escuchado a amigos o incluso visto en grupos de redes sociales a hermanos preguntando qué iglesias recomiendan por ser de sana doctrina. Hasta aquí no hay nada extraño, sin embargo, vale la pena detenernos a analizar esta expresión tan conocida entre los cristianos: “la sana doctrina”.

Hace algunos meses vi una transmisión en vivo de Edgar Pacheco (apologista metodista mexicano), quien lanzó un argumento que fue como un balde de agua fría para mí. Él preguntó: ¿por qué preguntamos por iglesias de sana doctrina? Al final, hasta la iglesia con la doctrina más errada como menciona 2 Timoteo 4:3, afirmará que enseña sana doctrina. Prácticamente ninguna iglesia dirá que tiene mala doctrina, aunque en realidad la tenga. Debo reconocer que esa reflexión me confrontó, porque honestamente nunca había pensado en ello durante mi vida como creyente.

Y el punto no es que esté mal hacer esa pregunta, sino el contexto que muchas veces se esconde detrás de ella. Como lo hemos comentado en otros artículos, uno de los problemas del creyente es que maneja un lenguaje cristiano muy técnico, pero desconoce el significado de muchos conceptos. Uno de ellos es precisamente la sana doctrina. Por ello, lo que debería ser una bendición puede terminar convirtiéndose en un criterio subjetivo basado en nuestra ignorancia, nuestros sentimientos o nuestras preferencias.

Recordando esta reflexión, vino a mi mente una ocasión en la que una amiga habló de una iglesia a la que asistió hace algunos años, ella mencionaba que era una iglesia de sana doctrina porque, en algunas ocasiones, no había predicación, ya que todos sentían algo especial y daban prioridad a la alabanza. Al pensarlo mejor, me pregunté: ¿ese criterio para definir la sana doctrina realmente provenía de la Escritura o de una experiencia y una preferencia personal? Como este, seguramente podríamos recordar muchos otros casos. Sin embargo, la constante sigue siendo la misma: el desconocimiento de la Palabra, cuando no conocemos las Escrituras, es fácil terminar definiendo la sana doctrina según aquello que nos gusta, nos emociona o nos resulta familiar.

Por eso es más sencillo escuchar la predicación del domingo, ver videos cristianos virales o consumir predicaciones en YouTube sin detenernos a verificar si lo que se enseña es realmente bíblico. Esa actitud de confiar ciegamente en el predicador, sumada a la pereza para estudiar la Biblia, hace que nuestros estándares para reconocer la sana doctrina sean muy bajos. Como consecuencia, damos lugar a ideas o sentimientos personales que corren el riesgo de convertirse en enseñanzas extrabíblicas, precisamente lo que Pablo advierte en 1 Corintios 4:6: “no ir más allá de lo que está escrito”.

¿Cómo reconocer la sana doctrina?

Gracias a Dios, la respuesta sigue siendo la misma: la propia Palabra de Dios.

Debemos leer y escudriñar las Escrituras, comparar las predicaciones de la iglesia con el texto bíblico y mantener una vida de oración, pidiendo al Señor sabiduría para comprender correctamente su verdad. Tal como exhorta el apóstol Pablo a Timoteo, la Escritura es útil “para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia” 2 Timoteo 3:16.

A esto se suma el llamado al entrenamiento constante en la piedad (1 Timoteo 4:7), es decir, una vida que busca a Dios continuamente mediante los medios de gracia y que procura vivir delante de Él en todas las áreas de la vida, haciendo válida la inmanencia de Dios en nuestras vidas.

Normalicemos el buscar iglesias de sana doctrina, pero hagámoslo escudriñando sus enseñanzas y sus predicaciones. Seamos como los bereanos, que examinaban cada día las Escrituras para comprobar si lo que Pablo enseñaba era cierto (Hechos 17:10-11). Dejemos de lado los sentimientos, las preferencias y los prejuicios personales cuando estos no estén fundamentados en la Palabra de Dios.

Porque identificar la sana doctrina no depende de lo que sentimos o preferimos, sino del deseo de conocer fielmente la verdad de Dios revelada en su Palabra, bajo la guía del Espíritu Santo.

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